El origen del Tiovivo

22 abr. 2014

Icono de los complejos de ocio, no hay feria que no cuente entre sus atracciones con un tiovivo que haga las delicias de los más pequeños. Aunque durante los últimos años se han modernizado y diversificado parte de su oferta, la imagen clásica de esta atracción nos muestra a una instalación circular poblada por caballitos de madera clavados en palos, que bajan y suben siguiendo los compases de una canción pegadiza, mientras la base de forma circular no para de dar vueltas. Los tiovivos son una delicia para los más pequeños. Sin embargo, pocos conocen el origen de la atracción y, sobretodo, la razón por la que recibe ese nombre. Es hora de descubrirlo.

Las fuentes históricas definen el origen del tiovivo como una forma de entrenamiento militar. Al parecer, los jinetes sarracenos utilizaban muñecos de madera montados en caballos del mismo material que se movían en una base para aprender y perfeccionar técnicas de combate contra la caballería enemiga. Todo apunta a que los cruzados exportaron este arte de combate y que la nobleza lo practicaba para su disfrute dentro de los castillos -y lejos de los ojos del público- en la Edad Media. No todo el mundo se podía permitir un caballo y la diversión no estaba al alcance de cualquiera en aquellos tiempos.

Luego, se comenzaron a fabricar “carruseles” de caballos de madera para diversión. De facturación más o menos artesanal, se movían gracias a la fuerza de caballos de tiro que eran atados con sogas o gracias al esfuerzo de hombres que empujaban con pértigas o cuerdas. Poco a poco, esta actividad de ocio se generalizó. Francia y Argentina fueron dos de los países donde tuvo una mejor recepción. Cómo no podía ser de otra forma, su uso explotó en los Estados Unidos del Siglo XX, cuando cada vez se construían atracciones de mayores dimensiones impulsadas por motores. Las máquinas habían llegado para quedarse.

¡Que estoy vivo!

Aunque reciben el nombre de carrusel en gran parte del planeta -o calesitas en Latinoamérica- lo cierto es que este tipo de atracciones se conocen en España como tiovivo. Una de las teorías que definen el uso de ese nombre se centra en la posible “viveza” de la persona que lo trajo al país, ya que fue un precursor que amasó una gran fortuna al exportar una idea ya existente en otros países. Aunque la más conocida tiene como protagonista a un madrileño cuyo nombre es Esteban Fernández. Al parecer, Fernández regentaba una atracción de este tipo en la capital. Conocido como tío Esteban por los usuarios de la atracción, este madrileño se vio afectado por una epidemia de cólera que asoló Madrid en julio de 1834. Dicen que cuando se disponían a llevar su cuerpo en una caja de madera al cementerio para ser enterrado, Esteban Fernández despertó y comenzó a gritar ¡Que estoy vivo!, ¡Que estoy vivo!, ya que al parecer había superado la enfermedad. Desde entonces su nombre se hizo popular entre los madrileños de la época, que comenzaron a llamar a la atracción como los caballitos del titovivo o como el carrusel del tiovivo. Luego, poco a poco, el nombre se acortó a tiovivo.

Lo cierto es que casi todos tenemos recuerdos de la infancia subidos en esta atracción. ¿Es tu caso?